martes, 10 de abril de 2018

Oráculos II: el último peldaño de la infancia

Viene de:
Oráculos I: el desafío del jardín geométrico

A través del jardín geométrico, deshacía su andadura la pequeña Mar Souan. No llevaba el animal musical en sus brazos. Como todas las decisiones acertadas, la suya sabía amarga al principio y llenaba su alma de inseguridades. Anhelaba el calor de la criatura, su tupido pelaje bajo los dedos.

La irrupción de una lluvia fina sacó a Mar de sus cavilaciones. Advirtió de pronto que la penumbra envolvía los tilos e intuyó ―creyó intuir― que, en alguna opulenta estancia, profesores y compañeros de clase vivirían momentos de angustia por no encontrar a la niña perdida. Tal vez su nueva vocación estaba a punto de naufragar ya desde el principio, sólo por aquel acto irresponsable que bien podría acarrearle la expulsión del coro.


Casi sin aliento, subió Mar por la escalera de mármol. Cabría pensar que al final de la misma encontraría el grueso acceso al vestíbulo, las ventanas con losanges de colores, el clásico mayordomo de cine ―y esto ya es un cliché― que, con rancio acento, entonaría:
     ―Gracias a Dios, ha aparecido.
     Sin embargo, el último peldaño nos hace viajar con Mar en el tiempo. La escalera termina en un escenario donde los demás miembros de Neverend ocupan ya sus puestos. Han pasado quince años en un suspiro y, por primera vez, cumplimos el ritual de juntar nuestros cinco puños antes de lanzarnos a las tablas. Desde entonces, la ceremonia se ha repetido mil veces, siempre con el alma henchida de inquietudes, siempre con la misma frase de Javier, obscena pero entrañable.

Cada vez que una banda emerge de la materia oscura, un panorama de angostas salas y sombríos suburbios se desvela ante la misma. Es el circuito inicial, cuyos escenarios ―en caso de haberlos― albergarán sus primeros pasos. Para nosotros, fue una experiencia inquietante debutar en un espacio semejante a un gran tablero de ajedrez: desde la pista, losas negras y blancas nos retaban a defender nuestra propuesta, ya fuera como peones, como reyes… o encaramados quizás en lo alto de una torre.

     ―Hace tiempo se despertó una bestia de un sueño de eternidad ―con estas palabras, arrancó el reto en vivo. Obligado es advertir que no se trata de una frase traducida: efectivamente, el español fue el idioma de nuestras primeras letras.

Más singular que la idiosincrasia de estos locales suburbanos, es una parte del público que a ellos acude. Por detrás del muro formado por tus amigos y familiares, surgen las figuras de seres solitarios, de actrices y actores de barrio, de reputados críticos callejeros y eruditos proletarios, siempre deseosos de caer en la noche y abrazar sus múltiples peligros. Alguno de ellos se ha colado en el backstage para aconsejarte:
     ―Yo estuve donde ahora estás tú ―te dice, y entonces te fijas en las manchas de grasa de motor que aún se adhieren a sus dedos.
    ―Los mismísimos Sonic Youth… ―el erudito te ha invitado a una copa―. Incluso los mismísimos Sonic Youth, que dinamitan los esquemas clásicos de melodía y armonía, mantienen la parte rítmica de la batería, porque ese lado primitivo del corazón humano no concibe un mundo sin ritmo.
     Es posible que un tercer personaje se acerque, hurgue en la conversación y se marche, poco después, sin pagar lo que ha bebido.

Fue al concluir ese primer concierto cuando Mar tuvo una segunda revelación. Aun hallándose de espaldas y a punto de abandonar el local, reconoció nuestra cantante al oráculo, la mujer de edad inestimable, la de las grises hebras de cabello. Movida por una inquietud muy antigua, cuyo recuerdo había casi desaparecido, corrió Mar a su encuentro.
     ―Veo que has tratado bien al otro animal, al que de verdad sabías educar ―pronunció la mujer después de girarse.

Nadie podría referir a ciencia cierta la breve conversación que mantuvieron Mar y aquella sabia enigmática, de cuyas ropas aún se desprendía una esencia de tierra húmeda. Los demás integrantes de Neverend presenciamos tan sólo el acertijo final:
     ―Vais a lograr grandes cosas, pero no será en este idioma.
   Su atuendo de trabajo, la luz turbia y un cuadro donde constaban, en forma de árbol genealógico, las distintas corrientes del arte abstracto, otorgaron un dramatismo innecesario a aquella frase, de modo que en el grupo pensamos que se trataba de uno de tantos personajes vacíos que vagan por los extrarradios, en busca de reconocimiento. Sin embargo, algo cambió en nuestro parecer cuando Mar trató de seguir, en vano, a su interlocutora.

Una vez más, la sublime pastora se había esfumado. Nuestra vocalista permaneció largos minutos en la calle, escrutando cada esquina, dejándose hipnotizar por el gruñido de máquinas que aún funcionaban en lo profundo de una fábrica. Bajo los cipreses de una glorieta creyó ver una hilera de pavos reales y sólo volvió en sí cuando una lluvia fina le humedeció el cabello, que por aquel entonces era negro.

domingo, 4 de marzo de 2018

Oráculos I: el desafío del jardín geométrico

De aquel colegio se decía que era una burbuja británica en medio de Madrid. Allí, la pequeña Mar Souan fue preguntada por Shakespeare antes que por Cervantes y aprendió solfeo dentro de los estándares ingleses. A la hora de escoger instrumento, se decantó por el violín, tal vez por seguir los pasos de su abuelo, porque, quizás algún día, ella también llevaría las obras de los grandes compositores de ateneo en ateneo. 

Pero el idilio duró poco. Aquel aparato, tan bello y tan preciso, era como un animalito indomable que huía de los brazos de su ama, ponía el aula patas arriba y, trepando a lo alto de las estanterías, emitía un lamento punzante. Mar sentía contra su cuello el latir de aquel corazón diminuto, completamente ajeno, y se hastiaba al comprender que el pulso del animal musical jamás se correspondería con el pulso de la intérprete.

La inscripción en el coro escolar cambió las cosas. Esta vez, el instrumento se hallaba perfectamente integrado dentro de su cuerpo, obligado por ley natural a seguir los latidos del propio corazón, sin rebeliones, sin zarpazos, sin quejidos.

El coro dio a Mar la oportunidad de visitar Reino Unido y actuar en público. Fue en casa de un distinguido caballero británico donde un presagio misterioso precedió al concierto. Tanto para los profesores como para los demás niños, la velada transcurrió dentro de esa lánguida normalidad de la alta sociedad inglesa. Sin embargo, para la futura cantante de Neverend hubo una pequeña variación, una anécdota de esas que se olvidan y resurgen en la memoria mucho tiempo después, cargadas de significado.

Atraídas por los setos con formas de animales, la niña y su voz se adentraron en lo profundo del jardín, desafiando la estricta vigilancia de los adultos. Había algo angustioso en aquel lugar, algo que no tenía que ver con sus simetrías, sus galerías opresivas o los tilos a cuyos pies no yacía pétalo alguno, pues todo residuo natural era inmediatamente retirado por el personal de la finca. Al fin y al cabo, la pequeña Mar disfrutaba con aquel mundo perfeccionado de la misma manera que disfrutaría después con la realidad mejorada de los videojuegos, mucho más atractiva que la cotidiana. Cuántas veces envidiaría a esos héroes y heroínas virtuales por su capacidad de recorrer enormes distancias de un solo salto, de altura en altura, sin miedo a caer.

De pronto, allí donde las formas geométricas se interrumpen, Mar se topa con alguien. Es una mujer de edad inestimable, vestida con ropa de trabajo, que huele como los árboles cargados de lluvia y como la hojarasca sorprendida por el chaparrón. Así era la esencia primitiva del mundo antes de que los perfumes sintéticos cambiaran nuestra forma de percibir los olores. Su mirada gris, profunda, se encarga de vigilar a media docena de pavos reales que, dispersos por la pradera, la llenan con sus chillidos y sus plumas de azul intenso.

―¿Te has perdido? ―pregunta la mujer. Su voz es solemne, alejada del empalago con el que normalmente hablamos a los niños.
Mar guarda silencio, o tal vez responde algo que ella misma no recuerda. En algún punto de la breve conversación, la mujer muestra a nuestra cantante un pequeño animalito que ha guardado todo el rato en su regazo.
―¿Quieres tenerlo tú un momento? Pero ten cuidado, no se despierte.
A pesar de no haberlo visto nunca con sus propios ojos, la niña reconoce enseguida el alma del animal musical. Ese animal rebelde que se ocultaba en su violín, que dificultaba su aprendizaje y latía a un ritmo distinto al del corazón de la intérprete.
―Yo quería tocar el violín, pero él no me dejaba ―se quejó Mar, sintiendo rabia y a la vez cariño hacia la criatura.

Resulta complejo imaginar a una niña explicando, en sus propias palabras, la voluntad de plantearse un objetivo difícil y el miedo a fracasar en él, así como la sensación de decepcionar a sus allegados cada vez que el desafío no llega a buen puerto. Mar se las apañó para hacerlo.
―Mar, ¿tú disfrutabas con el reto que te habías impuesto?
Silencio.
―A mí me parece, Mar, que nunca te has dado por vencida, y eso es muy bueno. Es verdad, has dejado un reto que no te apasionaba, pero no pasa nada. ¿Acaso no ves que has escogido uno mucho mayor, uno en el que tienes muchas más posibilidades de superarte?
Ante la mirada perpleja de nuestra cantante, esta mujer elocuente, poseedora de la más extraña de las sabidurías, se aparta dos hebras de cabello gris que el viento ha colocado sobre su rostro, y lanza, cual oráculo, su sentencia:
―Mar: estás destinada a lograr grandes cosas. Pero no será con el violín. Será con tu voz.

No del todo contenta con lo que esta frase le depara, la futura vocalista de Neverend pregunta si puede quedarse con la criatura, con el pequeño animal musical que aún duerme entre sus brazos. La mujer responde con una nueva pregunta, una pregunta muda, que camufla en su mirada sin llegar a expresarla con palabras. Acto seguido, llama a los pavos reales con un silbido sordo y, mientras las aves se colocan en fila india detrás de su pastora, vuelve ésta a lanzar la misma pregunta. Esta vez, sí lo hace con los labios.
―Puedes llevártelo si quieres. Pero… ¿crees que es lo mejor para ti?

Una descomunal indecisión envuelve de pronto a Mar. Adoptar o no adoptar a aquella misteriosa mascota podría parecer una disyuntiva muy simple, pero entrañaba hondas consecuencias en el camino de su vida. Desde el plumaje de los pavos reales, decenas de ojos la miraban, impacientes. La pastora, en cambio, miraba hacia el horizonte, tranquila, como si ya conociese la elección que la niña estaba a punto de tomar…

viernes, 2 de febrero de 2018

Basik Sessions: confesiones de una banda que se fundió con su público

Hemos asistido a ponencias en los lugares más extraños. El ático de la torre acristalada, allí donde se rompía la madrileña coraza de niebla, fue un escenario especialmente cotidiano si lo comparamos con el jardín interior o la nave industrial cuyo único contenido consistía en una mesa de oficina y unos pupitres que parecían flotar en el vacío.

En la torre acristalada, como decíamos, fuimos educados en el funcionamiento maquiavélico de las redes sociales antes de presenciar, perplejos, la transformación del espacio en una mesa de lutier. Una mujer de pálidas manos desmembraba los cuerpos yacientes de guitarras. Con su voz sombría, con un discurso quirúrgico que pausaba a cada momento, desafió el ideal de pulcritud que con tanta vehemencia se persigue en los ambientes corporativos.

―Atento a la ventana ―le murmura Mar a Jorge en algún momento del taller. Molesto por verse distraído de tan jugoso simposio, Jorge alza la vista y lo ve: hay una sombra, un funambulista cruzando de un edificio a otro sobre un hilo invisible. Ropa de trabajo, pantalones de mil bolsillos; paños, unos grasientos y otros relucientes, le cuelgan por doquier.
―Está limpiando las ventanas, ¿qué tiene de especial? ―responde nuestro guitarrista, que se zambulle de nuevo en el paisaje de mástiles y cajas de resonancia.
―No es momento para tonterías ―sentencia Javier al final de la clase, cuando le explicamos lo que se ha perdido por sentarse de espaldas al ventanal. Instintivamente, ha lanzado una mirada a los vidrios, donde ya sólo se ve un sol gélido, ocultándose tras las siluetas del Sistema Central.

Es en este momento cuando nos presentan a Aurora, el nuevo contacto de prensa de Top Artist Promotion. Aurora posee una capacidad extraordinaria para aferrarse a la tierra y hacer que los artistas, tan propensos a los vuelos extrasolares, desciendan con ella. Armada con una tenacidad ilimitada, nos va a abrir las puertas de medios insospechados y va a procurar que los más exigentes se apasionen con nuestro proyecto.

Gracias a ella, conocimos a Fernandisco, el mítico locutor de los Cuarenta Principales; a través de su mediación, Curro Castillo nos abrió las puertas de Onda Madrid, y también su coraje nos llevó a Radio Nacional de España, que nos hizo partícipes de un delirante programa en los jardines del Museo Lázaro Galdiano.



Uno de sus logros más originales tuvo lugar el pasado 17 de Noviembre en el barrio de La Latina, donde conviven el hermético convento y el ateo convencido, el corazón ávido de cultura y la piel de gastados ladrillos, asomando por la cal quebrada. Así como el metro de Moscú está henchido de la suntuosidad de otro tiempo, el antiguo Palacio del Duque de Alba ofrece, a emprendedores y artistas, un espacio de creación entre las cenizas del antiguo régimen.

TeamLabs es el nombre de la plataforma alojada entre los muros y Rock Alive la agencia que contó con nuestro acústico en una de sus Basik Sessions. Horas antes de la actuación, ya nos encontrábamos allí, montando el set en una estancia distinta, vigilados de cerca por cámaras de vídeo y focos y rostros concentrados en diminutas pantallas. Un minimalismo de colores vivos contrasta con las techumbres de madera tallada, la desolación de los muebles de caoba, los sillones de terciopelo: contagiados de esta poesía extraña, nuestros tres mejores temas se grabaron en vídeo. Si echáis un vistazo a las redes de Basik Sessions, podréis haceros una idea de lo singular que es esta experiencia.

Lo mejor de la velada estaba por llegar. Con asombro, veíamos el gran salón donde íbamos a tocar, sin escenario, sin micrófonos, pues tan nítida era la acústica del lugar. Sólo un sofá y unas banquetas sobre el crujiente parqué nos planteaban el desafío de enfrentarnos cara a cara con el público. Un público que, discurriendo como una corriente de agua, acabó por llenar la sala hasta el abarrotamiento.

Para entonces, nosotros ya habíamos tomado contacto con los otros dos proyectos que actuarían esa noche: 

1. El folk del norteamericano Burt Byler tiene ese sabor agrio de quien lucha contra lo establecido. Canciones arrojadas sobre la arena, abrasadas al sol, tañidas por un hombre de trato cálido y atento. Su aspecto campestre, con la barba tupida y el sombrero de ala ancha, contrasta con cierta dulzura en la mirada.

2. Caña y media aportaron el toque festivo a la velada. Por mucho que algunas de sus canciones partieran de una situación amarga, la alegría desbocada no tardaba en llegar. Las palmas, el movimiento de los cuerpos, las sonrisas… Era imposible no contagiarse.

Llega entonces nuestro turno. Héctor hace un pequeño ajuste en el cuerpo de su clarinete, Mar intenta acercarse al micrófono y advierte, en ausencia del mismo, que sólo ha hecho un gesto en el aire. Sobre nuestras cabezas, el dios Baco bebe y delira rodeado de querubines. No parece percatarse de las grietas, del deterioro inevitable del fresco que amenaza con borrarle del Olimpo.

Jor’a, Unavoidable, The Wheel, Disappointing You… En cada una de ellas, sentimos la respiración del público, un latido agitado, el golpe de un talón sobresaltado por el estallido ―repentino― de alguna de las canciones. Alguien de la segunda fila utiliza un perfume agridulce que deja un rastro de selva en la garganta. Los aplausos nos demuestran el compromiso de este público agradecido, que no conversa en baja voz, que ni siquiera comparte una palabra susurrada con el amigo de al lado, tan sólo parece mantener la respiración y dejarse llevar por este hechizo tan nuestro.





―¿Por qué no os he oído todavía en Radio 3? ―nos pregunta un fan al final de la actuación.
A veces, es tan sólo una cuestión de tiempo o quizás de hacer el ruido suficiente. No obstante, aprovechamos para hablarle de nuestra experiencia con Radio Nacional en el Museo Lázaro Galdiano; también de la colección de pinturas de El Bosco que la institución alberga y de cómo paraíso e infierno pueden fundirse en un tríptico aterrador.

En algún momento, cuando ya nos hemos despedido del personal de Rock Alive, Mar divisa al trasluz de un pasillo una silueta familiar. Nuestra cantante recuerda su edad inestimable, sus fuertes cabellos, salpicados aquí y allá de finas hebras grises. Sintiendo el galopar de su pulso, Mar se lanza a seguirla. Quiere pararla y hablar con ella después de tanto tiempo, pero la figura no parece darse cuenta. Angostos corredores, que hasta ese momento no parecían estar allí, son testigos de lo que prácticamente es una persecución. Una esquina, un descansillo de luz agónica, jambas con relieves intrincados, un umbral y el aire frío de la calle. Mar está a punto de alcanzarla. Es tan sólo cuestión de bajar un escalón y…

martes, 16 de enero de 2018

TAP Music Awards: la gala a la que los fabricantes de hits no querían que fueses

¿Te imaginas que un día te dicen que todo cuanto has hecho por encontrarte a ti mismo, haciendo lo que amas, no sirve para nada? Porque en el mundo ya está todo inventado y, si quieres ser original, nadie te va a escuchar. 

El veneno del pensamiento conformista se manifiesta en frases como éstas. Sus efectos son especialmente nocivos en personas que se dejan llevar fácilmente por la banalidad de las modas, que sienten miedo de ser censurados si leen, ven o escuchan algo que no se encuentre en primera línea de actualidad. Cuántos artistas, dándose por vencidos, habrán hecho caso a los consejos de estas mentes dormidas para confirmar, al cabo del tiempo, que el miedo al fracaso es la vía más directa al fracaso mismo.


Desde hace algunos años, hemos ido conociendo a otras bandas y artistas que, como nosotros, se han mantenido firmes ante aquellas voces que nos aconsejaban no destacar entre la multitud. A razón de seguir nuestro propio código, hemos juntado fuerzas, coincidiendo a veces en el mismo sello discográfico o siendo representados por el mismo mánager. Así, unidos en un sólido carcaj, los que parecíamos frágiles flechas hemos impedido que las fuerzas del conservadurismo nos dobleguen, logrando, incluso, que nos vean como creatividades hostiles.

Los años de resistencia han acabado por dar su fruto. De pronto, medios de gran envergadura como Mediaset, Radio Nacional de España o Telemadrid se han interesado por nuestro trabajo, abriéndonos una ventana allí donde antes veíamos un muro infranqueable.

No es un capricho del destino que varias flechas del carcaj de Top Artist Promotion nos uniéramos otra vez para ofreceros el concierto del año. El evento organizado en la madrileña sala Copérnico, el pasado 11 de Noviembre, pretendía, por un lado, festejar las posiciones ganadas en nuestra batalla y, por otro, conquistar nuevos emplazamientos en la memoria colectiva.


Contrabanda, La ley de Mantua, Sin y Neverend… caras conocidas que el cartel había reunido en un punto crucial de su carrera: aquél en el que sales al frente y te das cuenta de que has perdido el miedo. Porque perder el miedo no es tan fácil. En los puestos de vanguardia, hay cristales de hielo que se clavan en la piel a cada estallido de artillería, los territorios hostiles se hermetizan con un velo de afilado alambre y las tempestades se adhieren a lo profundo de tus huesos. Siempre habrá censores dispuestos a dispararte, heraldos que inventan noticias sobre tu muerte, y, desde la seguridad de retaguardia, oirás voces que proclaman la facilidad con que ellas mismas crearían una música igual o mejor que la tuya. Convivir en el páramo con tales fantasmas es una experiencia aterradora. Y no nos avergüenza reconocerlo: hemos sentido miedo.

Bajo un cielo sucio, cercado en angostas galerías por las casonas del barrio de Argüelles, esperábamos a que la Copérnico nos abriera su puerta trasera para entrar con los equipos. Nuestra conversación languidecía en ráfagas de olor a vino agrio y, de haber estado atentos, hubiéramos reparado en las figuras que Kepa, nuestro técnico de sonido, era capaz de hacer con el humo de su purito: copos de nieve, trastes, cuerdas, conectores… Su respeto por los no fumadores, sin embargo, lo llevó a apartarse discretamente y disfrutar para sí de esta sublime habilidad.

La llegada paulatina de nuestros compañeros de cartel envolvió la calle en un denso murmullo. Así como un acople de micrófono se incrementa hasta el dolor, la letanía fue hinchándose para estallar en alboroto: un alboroto festivo que ni siquiera la apertura del portón logró aplacar.

Por la escalera ennegrecida bajaron las voces, desde la calle hasta el corazón de la sala. Algunos nos llegamos a preguntar por qué la primera vez que descendimos, el acceso parecía estrecho y retorcido, y las siguientes veces, se nos fue antojando más amplio, más luminoso.
―Hoy día, somos muchas las salas que contamos con este sistema ―respondió un encargado cuando le preguntamos por el fenómeno―. El laberinto se desplaza y cambia la configuración de los pasillos.
Lo sorprendente de la respuesta hizo que a Jorge se le cayera una púa con la que distraía sus dedos nerviosos.

Ya sabéis que los montajes y las pruebas de sonido son algo muy rutinario. Cuando hay mucha gente transportando bultos, moviendo equipos, conectando y desconectando, suelen surgir roces, nerviosismo, pequeñas discusiones… Lorenzo, organizador del evento y mánager de casi todas las bandas, se mostró hábil en detectar esos hilos de tensión que amenazaban con enhebrarse. De pronto, se presentaba con una copa de vino o una bebida energética y sugería:
―Chicos, sed pro-activos ―pero su calidez no estaba exenta de un cierto apremio, de un tener los pies en la tierra.

En medio del tumulto, Kepa permanecía imperturbable. Envolviéndose en un profundo manto de calma, se puso a los mandos de la nave durante la prueba de sonido. Un timón ornamental lo vigilaba a pocos metros, pues todo aquel que haya visitado la Copérnico recordará el espacio decorado al estilo de un barco de antaño. 
―Habéis sonado mejor que nunca ―nos confirmarían varios seguidores después de la actuación.

Casi sin darnos cuenta, la noche se nos echa encima. El resplandor turbio de la sala se transforma en una atmósfera oceánica, viva, como si el fondo del mar se extendiese sobre nuestras cabezas sin tocarnos. Desde la penumbra del backstage, te atrapa el hambre de escenario, la pulsión de saltar sobre esas tablas y dejarte llevar por el devenir de las aguas. Ayudada por David y Héctor, Mar se desliza dentro del outfit a rayas blancas y negras que algunos medios, presentes en la sala, mentaron con admiración en sus críticas.

Y ya no queda tiempo. Estamos delante del público, encarando el apocalipsis con esperanza, defendiendo el derecho a aislarnos del mundo cuando éste nos oprime demasiado, describiendo la noche de terrores y abriendo un pasadizo luminoso por el que escapar de la misma.

Tampoco faltan los elementos clave de la batalla. Nos hemos enfrentado a ellos tantas veces… Pese a la distorsión de la guitarra, oímos los disparos desde las líneas enemigas. Javier construye un muro con cuatro cuerdas de acero; Mar dibuja una valla electrificada con los dedos, que se agitan con expresividad durante la puesta en escena de «The Wheel»; una afilada nevada azota el escenario y deja copos de metralla en nuestro pelo.


En algún momento de la contienda, el periodista Curro Castillo se ha acercado a Lorenzo para afirmar: 
―Esta banda es un auténtico filón. Si continúan trabajando así de bien, conseguirán traspasar todas las fronteras que se propongan.
Curro nos ha acogido numerosas veces en los estudios de Onda Madrid. Siempre que lo visitamos, nos recibe con abrazos, haciendo gala de una calidez sin precedentes y empatizando en antena con nuestros valores.

Nos gustaría dejar claro que, cuando un concierto de Neverend termina, el fragor de la lucha continúa. La labor que defendemos no sólo consiste en lo que sucede bajo los focos. Hay un espacio muy amplio en el cual somos invisibles, y esa invisibilidad nos ayuda a seguir moviendo fichas, a trazar estrategias para vencer a quienes pretenden acabar con las creatividades hostiles, y a transmitir el código que vosotros, amigos de nuestra causa, descifráis, compartís y convertís en lo más singular del mundo.



Fotos: Carmen Zamora, salvo la posicionada en último lugar, anónima.


sábado, 15 de julio de 2017

El reto de «Rock Palace»: cuando la vida te da más oportunidades de las que esperabas

Algo tan nimio como la convergencia, en un mismo punto, de las lindes de tres o más estados distintos tiene una misteriosa trascendencia para algunos norteamericanos. Y, aun en el caso de que dicha trascendencia sea una falsa percepción por nuestra parte, no hay que obviar el provecho turístico que muchos sacan de este fenómeno invisible, impuesto por la imaginación de los humanos. De algunos humanos.

En el viejo continente, los requiebros de nuestros territorios no parecen ejercer esa atracción. Allí donde una persona puede poner cada pie en una provincia y las manos en una tercera, no suele erigirse ningún monumento, ni es probable encontrar turistas tomando fotos. Una alambrada con jirones de lana, una carretera que se adentra en un páramo amarillo o un polígono industrial por cuyas grietas brotan hierbas y arbustos espinosos… ¿Por qué unas líneas imaginarias deberían cambiar en algo la coherencia de estos paisajes? 


Hace varios meses, pusimos rumbo a una zona industrial parecida a la del tercer ejemplo. No teníamos muy claro en qué localidad nos encontrábamos, pues el complejo se alzaba en uno de esos puntos angulosos del mapa de Madrid, donde varios municipios se desgajan y confunden entre sí.

Nuestra cita de aquel día tenía que ver con Rock Palace, el programa online presentado por Carlos Escobedo. Si el vocalista de Sôber te invita a actuar en su magazine, frecuentado por grandes personalidades del rock español, no puedes hacer otra cosa que aceptar el reto y preparar una de las mejores actuaciones de tu vida: ser los elegidos conlleva una gran responsabilidad.

Un enigmático portón rojo, desprovisto de cualquier rótulo que confirme si la dirección que nos han dado es la correcta, sella herméticamente el interior de la tosca nave. Tan sólo una diminuta placa, con el motivo impreso de unos auriculares en torno a una onda sonora, nos sugiere que no nos hemos confundido de lugar. 

Según lo acostumbrado, Jorge y Javier son los primeros en llegar, no tanto por puntualidad como por la tendencia de nuestro guitarrista a volar sobre el asfalto. Su coche se posa justo delante del portón, con dos ruedas bloqueando la acera. Mar no tarda en aparecer: su diminuto Renault Twizy se cobija bajo una suerte de higuera que desborda el solar contiguo. El árbol salta por encima de la tapia como una inmensa ola verde y esparce sobre el vehículo unas semillas frágiles, de color azabache. 

Del fondo de un aparcamiento abarrotado, próximo al lugar de encuentro, emergen por fin David y Héctor. En el interior de la nave, los trabajos de rodaje han comenzado hace horas, ya que otros grupos ―entre ellos, nuestros compañeros de La Ley de Mantua― han sido citados el mismo día para grabar sus directos.


Un olor agrio, como a disolventes, llena el amplio espacio. Allí mismo, a pocos metros del portón, parece brotar del suelo la carrocería de un coche deportivo. Acaso es el fantasma del futuro automóvil, esperando su reencarnación. Alerones, llantas y otros componentes convenientemente personalizados pueblan la penumbra, vigilados de cerca por el compresor, el aerógrafo, las mascarillas que cuelgan con languidez de alguna plataforma que no acertamos a distinguir.

Siguiendo el ancho pasillo, un segundo departamento, más oscuro, inquieta al visitante con cabezas de maniquíes, garras de piel sintética, barras, cortinajes y ocultos decorados que, en su hacinamiento, llegan hasta el techo. Tan sólo el sentido común divide los departamentos según su temática, pues no existen biombos ni estancias en la inmensidad diáfana.

Finalmente, al fondo de la gran avenida interior, se aprecian la luz y las formas del plató. Los seguidores de Rock Palace ya conocerán los ladrillos sangrientos, el cartel corporativo, la atmósfera flamante y turbulenta; que una estructura tan frágil transmita esa sensación de firmeza a través de la mera imitación de la realidad es uno de los grandes logros de la historia del decorado.

De entre la multitud dispersa por el plató, aparece Lorenzo, nuestro mánager, para recibirnos como si la fría nave fuera su propia casa: enérgico, cálido y con los guantes de invierno aún sin guardar en el bolsillo.

―Vengo de hablar con ella ―nos dice, y señala con discreción a la mánager de la banda que acaba de grabar. Con el fulgor de los focos, apenas distinguimos a una mujer de voz grave, templada, que responde con locuacidad a las preguntas del equipo de Rock Palace―. Al final del rodaje, nos reunimos y os cuento. Son buenas noticias.

Con su habitual habilidad para subirnos el ánimo y, a la vez, intrigarnos, vuelve a desaparecer en busca de más relaciones humanas, de más conversaciones con desconocidos que, automáticamente, se transformarán en personas familiares.

«Descanso para comer», comienza a oírse por el espacio de trabajo, y bastan unas pocas repeticiones de esa frase para que, en pocos minutos, no quede ni un alma en el edificio. Junto a la entrada, una monstruosa caldera, funcionando al rojo vivo, invita a no salir fuera, allí donde las noches tiñen de blanco el asfalto.

La pausa, como todas las pausas, se hace breve. A la vuelta, procuramos montar a toda velocidad, ya con la llama de la prisa en el cuerpo, pues a nuestro alrededor no paramos de ver gente que mueve focos, carga equipos, desplaza las cámaras y sus estructuras sobre silenciosos raíles. Cuando ya nos encontramos en nuestros puestos, listos para hacer la prueba de sonido, un recuerdo fugaz pasa por la memoria de Mar: la fotografía de una aurora boreal que encontró hojeando una revista de viajes. Bastan, sin embargo, unos segundos para que nuestra cantante se ajuste los auriculares de su sistema In-Ear y les dé unos leves toquecitos con las yemas de los dedos, como si tal gesto ahuyentara cualquier distracción del subconsciente.


Lo que viene a partir de ahora es el proceso habitual de un concierto. Uno trata de dar de sí mismo todo lo que puede sobre las tablas e intenta mostrar la mayor superficie de alma posible a la hora de manejar su instrumento o su voz. 

La entrevista posterior a la actuación también te resultará familiar si has visitado Experienty.tv. Enseguida, llega el momento de pasar el relevo a nuestros compañeros de La Ley de Mantua, que esperan su turno sin alejarse demasiado de esa caldera de destellos ígneos, tan oportuna en la crudeza del invierno.

Aún nos queda tiempo, ya en la calle, para celebrar la reunión que habíamos acordado con nuestro mánager. Por encima de la nave, una torre de electricidad proyecta su silueta contra el atardecer de cobre.

―Tengo que contaros algo ―arranca Lorenzo con su habitual manejo de la intriga―. Todos habéis visto a Jenny, la mánager del primer grupo. Me ha comentado que organiza giras a nivel europeo, que tiene contactos en Alemania, Reino Unido… Esto os interesa, chicos. Nos van a suceder cosas muy buenas, pero tendremos que trabajar duro.

La esperanza viene acompañada de la necesidad de currárselo. Sólo pasando por ciertas dificultades, la esperanza acaba por convertirse en materia, en algo que puedes tocar y moldear a tu antojo.

Con estos pensamientos en la cabeza, Mar y su Renault Twizy desaparecen, dejando tras de sí un rastro de semillas azabaches. Del coche de Jorge tan sólo queda una fina nube de humo, en tanto que los demás nos hemos desvanecido tras volvernos cada vez más transparentes, como fantasmas en una película antigua. Los actores que graban al calor de los focos también desaparecen, al igual que la nave, los vehículos aparcados y el polígono industrial entero. Queda un campo yermo en el que las fronteras no tienen sentido.


Fotos: Lorenzo Sanz

lunes, 10 de abril de 2017

Así se grabó nuestro acústico más impactante

«¿Qué tiene de especial un acústico de Neverend?», nos preguntó un periodista en una ocasión. No lo hizo con malicia. Al contrario; seguramente, vendría de escuchar los dos últimos cortes de «Silent», habría visto el vídeo de nuestra sesión acústica y, tal vez, habría leído reseñas en las que se alaba la nitidez de nuestra faceta sin cables. Incluso aquellos críticos que han hablado desfavorablemente de nuestro trabajo, valoran el acústico con la delicadeza de quien contempla a un retoño libre de pecado. Quizás, cuando nos conectamos a la red eléctrica, nuestra música se emborrona de tal forma que sólo el acústico es capaz de limpiar los trazos difusos…

Dado que el formato periodístico urge a contestar de forma espontánea, dimos a nuestro interlocutor una respuesta honesta, por supuesto, pero escueta. Y es que, para comprender bien en qué consiste un acústico de Neverend, para empaparse de su espíritu tan extravagante como sencillo, es necesario imaginarse a Javier, nuestro bajista, rociando con espray plateado un inquietante cilindro luminoso. Al igual que en la canción de Cream, todo cuanto hay a su alrededor es una habitación blanca con los muebles cubiertos por cortinas negras.

Paralelamente, debemos imaginar a la escultora Susana Botana en su taller, trabajando unas piezas en mármol blanco y oscura piedra de Calatorao: son los elementos de un paisaje extraño y a la vez familiar, aquél que podríamos encontrar en la superficie de un exoplaneta recién colonizado.

Si, como dicen por ahí, una imagen vale más que mil palabras, mil imágenes, creando la ilusión de movimiento, tendrán una elocuencia desmesurada. Por eso, la respuesta a periodistas y curiosos puede hallarse en el vídeo de una nueva sesión acústica, más ambiciosa en su producción que la primera, ya que todo esfuerzo es poco cuando una corporación como Mediaset te encarga el proyecto.

El primer paso fue encontrar un estudio que contase con un ciclorama, es decir, un espacio sin esquinas completamente blanco e iluminado de manera uniforme: cualquier persona u objeto que se encuentre sobre su superficie, parecerá levitar en el vacío. Fueron Mar y Javier quienes, responsabilizándose de esta labor de búsqueda, visitaron algunos de los sitios más recónditos de Madrid, desde ese portón por cuya rendija una voz les dijo: «este estudio ya no existe», hasta un lugar de ensueño, dotado de salas inmensas y evocador de relatos futuristas.

Finalmente, nos decantamos por la intimidad de Plasmalia, ubicado en la localidad madrileña de Alcobendas. El itinerario nos conduce a uno de esos barrios impolutos, donde los bloques de viviendas se almacenan siguiendo una geometría muy estricta, como electrodomésticos expuestos en un escaparate. Completamente rodeada por este urbanismo, una suerte de islote industrial nos abre sus puertas: se trata de un recinto cerrado, dentro del cual, se apilan las naves de forma escalonada.

Hemos necesitado algunos minutos para encontrar el estudio dentro de este laberinto de hangares y callejas estrechas. La modesta puerta acristalada, el recogido cuarto de recepción, dan falsas pistas acerca de la grandeza del espacio en el que, por fin, podremos disfrutar de nuestro ansiado ciclorama. El equipo de Paydreams ya está allí, montando trípodes, configurando sus cámaras, calzados los pies con calcetines desechables para no manchar esa área inmaculada donde fondo y suelo se confunden.

La escultora ―y fan de Neverend― Susana Botana no tarda en presentarse. Su coche viene repleto de pequeñas piezas celosamente embaladas. Pese a la monumentalidad que aparentan estas obras dentro de las fotografías, se trata de esculturas livianas, con unas dimensiones lo suficientemente pequeñas como para no saturar la escena abarrotada de instrumentos. De este modo, se recupera parte del minimalismo perdido tras el despliegue de los equipos.

Tras ayudar a descargar las piezas con sumo cuidado, una atmósfera como de polvo de rocas permanece suspendida en el maletero durante un instante, hasta que las partículas, poco a poco, se van posando sobre los tejidos, sobre la tapicería.

A partir de aquí, el proceso es parecido al de un concierto convencional. Montaje, maquillaje, tal vez un pequeño tentempié. La colocación de los instrumentos precede a la de las esculturas, una labor para la que Susana se toma un tiempo: observando, moldeando el espacio con la imaginación, dibujando algún boceto. 

El eje de la composición, sin embargo, recae en ese discreto cilindro luminoso que Javier pintó de blanco hace días. Al tratarse de un blanco ligeramente más apagado que el del ciclorama, el espectador adivina una especie de arquitectura emergiendo de la niebla: aquí y allá, las aperturas de su muro despiden un resplandor aguamarina. Susana tiene muy en cuenta este elemento, tan misterioso como crucial, a la hora de realizar sus esbozos.


Una vez se ha dispuesto cada cosa en su lugar, todo se vuelve más mecánico. Parapetados en nuestra fortaleza en miniatura, debemos tocar varias veces un repertorio de media hora de duración. En cada una de las fases, los chicos de Paydreams colocan los objetivos de una determinada manera e incluso se cuelan, cámara en mano, por las callejuelas formadas entre un instrumento y otro: buscan el detalle, el instante singular que produce un gesto, una inflexión del rostro, un movimiento de manos inesperado sobre el instrumento o sobre el aire mismo.

«Qué aburrido tiene que ser tocar lo mismo tantas veces», nos ha comentado algún fan en ciertas ocasiones, cuando charlábamos sobre la grabación de un disco o un vídeo. Quizás sea por la naturaleza algo obsesiva de los músicos, quizás por la paciencia innata del artista predispuesto a construir obras duraderas; sea como fuere, el tiempo ha pasado a toda velocidad, casi sin darnos cuenta. Tan sólo el cansancio mental nos indica que los minutos se han convertido en horas.


Así pues, las esculturas vuelven a embalarse con gran cuidado y los callejones entre los instrumentos van desapareciendo, como un barrio de casas prefabricadas que se muda, íntegro, a un valle más fértil. El extraño cilindro, con sus puntos de luz aguamarina, acaba por no emerger más de entre la niebla y, finalmente, sólo queda una atmósfera de polvo de rocas, que permanece suspendida entre la herrumbre del techo durante un instante, antes de precipitarse sobre el blanco irisado del ciclorama.

Si nada de esto sirve para hacer especial un acústico de Neverend, pocas opciones nos quedan ya al alcance de la mano. Sin embargo, quién sabe a qué nuevos e insólitos puertos nos llevará nuestra imaginación cuando la volvamos a invocar.


Fotos: Susana Botana (proceso de grabación), Héctor Perezagua (guitarra y detalle de esculturas)

miércoles, 22 de febrero de 2017

El día que la música volvió a las aulas

Creíamos que sólo acudíamos a una entrevista de radio. Sin embargo, lo que en principio parecía un ejercicio rutinario se iba a convertir en una gran experiencia. 

Tal vez, el gran error sea tomar como rutina esa operación por la cual, un periodista se interesa por tu trabajo y te abre las puertas de su casa. Cada conversación con un reportero, un locutor de radio o un seguidor, es única e insustituible.


Son las 9.56 de la mañana y nos encontramos ante el complejo Ritmo y Compás de Madrid. Es decir, todos menos Héctor, que, llegando tarde, está a veinte minutos andando de allí. Un amable desconocido, con idéntico destino que nuestro teclista, se ofrece de buena gana a acompañarlo durante el camino, ayudándolo a llevar sus bultos desde las frenéticas avenidas de Mar de Cristal hasta el citado complejo. Pese al nombre del barrio, tan evocador de límpidos rascacielos, predominan en la zona el hormigón y los parques parduzcos, con todos sus ramajes mustios, castigados por el hielo.
—No te preocupes —afirma el hombre—. Esto no es ningún esfuerzo para alguien que se ha pasado años montando antenas en Colombia.

Según se suceden las anécdotas, comienza a emerger del paisaje una tosca mole de color ceniza, algo así como un polígono industrial construido verticalmente, hallándose sus naves compactadas en una misma estructura de varios pisos. Las instalaciones de Ritmo y Compás ocupan sólo una porción de esta arquitectura monstruosa.
—Juanito es un tipo muy grande, ya lo verás —comenta el acompañante de Héctor en referencia a Juan Rodríguez, el locutor de LH Radio que nos va a entrevistar. Aunque ya sólo quedan unos metros para atravesar la puerta abierta del estudio, nuestro amigo tiene tiempo para referir algunas anécdotas más, enumerando las celebridades de la música con las que te puedes cruzar en estos mismos pasillos.

Por fin, los rostros familiares de los compañeros de Neverend emergen de la luz tibia de un local. Un cálido anfitrión tiende la mano al recién llegado y sonríe con placer cuando le explicamos que los bultos forman parte de un «Plan B», un pequeño concierto de piano y voz, alternativo al acústico habitual, con el que obsequiaremos a los oyentes del programa.

Una de las cosas que más nos agrada de nuestra conversación con Juan —tanto dentro como fuera de antena— es su facilidad para dejarse sorprender con nuestras historias y excentricidades. Realmente, tiene esa capacidad para hacernos sentir especiales, uno de los grupos más originales que haya pisado jamás este estudio. Lo sabemos: una sensación así no tiene por qué corresponderse con la realidad. Sin embargo, el mero hecho de transmitirla ya es un paso muy importante, pues la calidad de la entrevista decae si el invitado no está cómodo.


Finalmente, tras regalarnos un CD oficial del programa y estrecharnos las manos, Juan se despide así de nosotros:
—Ha sido un placer, chicos. Nos vemos el 3 de Febrero.
Una sombra de duda, como proyectada por un ave que vuela rauda, pasa ante nuestros ojos.
—Lorenzo no os lo ha dicho todavía, ¿verdad? —observa nuestro anfitrión al percibir cómo nos miramos entre nosotros, sin comprender sus palabras.

La historia, en efecto, continúa ese lluvioso 3 de Febrero. El cielo cerrado hace que los barrios de Alcorcón se envuelvan en un impermeable de penumbra. Por las alturas, algunos jirones de niebla se desvanecen, solitarios, en el laberinto de chimeneas y antenas.

Según nos han dicho, venimos a un evento promocional. Sin embargo, lo que nos espera tras los muros del Instituto Parque Lisboa es una experiencia mucho más valiosa. Apenas hemos tenido tiempo de descargar las cosas cuando, a la señal del timbre, un mar de adolescentes comienza a enredarse en madejas caóticas, protegiéndose en vano del mal tiempo o esperando su turno para comprar el desayuno en la cafetería.

Como embriagados por una extraña nostalgia —¡qué tiempos los del instituto!—, somos conducidos al salón de actos, entre cuyos bastidores resuenan las voces de Juan Rodríguez y Álex, de La Ley de Mantua. Sobre el escenario se ha conformado ya el ineludible paisaje de cables, micrófonos, mesas de mezclas y todo lo necesario para emitir un programa de radio en directo. La cantante Marta Mailén y Lorenzo, mánager de todos los artistas hoy citados, no tardarán en llegar.

Estamos a punto de participar en una jornada en la que los alumnos del centro, abarrotando el auditorio, podrán establecer contacto con músicos y también con el mundo de la radio. Los jóvenes no sólo asistirán a una suerte de pequeño festival en acústico, sino que podrán charlar con los artistas, conocer su mundo y sus inquietudes.


—Éste es un instituto bilingüe, así que os voy a lanzar un reto —propone Mar cuando nos llega el turno de actuar—. Vamos a tocar una canción que se llama «Unavoidable» y, cuando terminemos, tenéis que decirnos de qué va.
—La canción habla del miedo —afirma un alumno de la primera fila después de haber mostrado especial interés en la escucha. Su respuesta es mucho más firme que las de sus compañeros. El miedo. Dado el carácter intrigante de nuestras letras, las respuestas de estos jóvenes, en proceso de formarse, de forjar su personalidad, son profundamente originales. Y también brutalmente honestas.

En otro punto de la mañana, Juan, como presentador y moderador de la tertulia radiofónica, lanza otra pregunta:
—¿Cuántos de vosotros ha ido o va habitualmente a conciertos?
La gran cantidad de manos levantadas nos emociona y nos hace pensar en la prohibición que, hasta hace muy poco, impedía a los menores de edad entrar en salas de conciertos.

Tal vez por estos instantes, por esta clase de cuestiones que compartimos con los jóvenes o por la naturaleza misma del evento, se nos antoje que hay algo de reivindicación en él. Se reivindica el libre acceso de los jóvenes a la cultura; se reivindica también que, en un país castigado por infames reformas educativas, donde la enseñanza musical se arrincona cada vez más al fondo del desván, los alumnos puedan conocer de primera mano a músicos y compartir momentos de creatividad con ellos. Tal como nos decía un seguidor a través de Facebook, «el hábito de acudir a actos culturales se debe enseñar también».

La guinda del día la ponen los propios alumnos cuando, de forma completamente natural, desobedeciendo incluso las indicaciones de sus profesores, se agolpan alrededor de los músicos con sus cuadernos en la mano: es hora de firmar autógrafos.


No debemos ignorar el hecho de que cada artista escribió dedicatorias para jóvenes muy distintos. De pronto, reparábamos en que cada uno de nosotros había cosechado su propio público y que, por ejemplo, las chicas y chicos populares no acudían a los mismos artistas que firmaban para los alumnos aplicados. 
Hemos de confesar que aquéllos que se identificaron con nosotros tenían que ver más con este segundo grupo. Casi podías intuir en sus miradas una cierta sensibilidad: tal vez, iban a actividades extra-escolares y tenían ambiciones mayores que las de otros compañeros. A algunos de ellos les vimos subir después al escenario, empuñando un instrumento musical.

Fuera, continúa cayendo un aguacero estremecedor. Sin embargo, algo cálido se nos ha quedado dentro, pues no parece importarnos demasiado que las cortinas de agua empapen nuestro pelo y se estrellen contra las fundas de los instrumentos. Pacientemente, los vamos guardando en los coches.

Quizás este día nos ha traído recuerdos, vivencias antiguas, o quizás nos hemos concienciado de la necesidad de hacer incursiones educativas como ésta, de mojarnos para cultivar con mimo el futuro. En cualquier caso, lo de hoy ha sido mucho más que un evento promocional, mucho más que una mera entrevista concedida un frío día de invierno: al fin y al cabo, ¿quiénes somos nosotros para tachar de rutina todo lo que una mano tendida, todo lo que una voluntad inquieta nos puede ofrecer?